La Economía Global y la Competitividad de las Ciudades.

La Economía Global y la Competitividad de las Ciudades.
Alfredo Ambriz Tapia*.

La frase “Piensa globalmente, actúa localmente”, atribuída a Patrick Geddes, constituye una de las primeras ocasiones en que se reconoce la importancia de aspectos globales para las comunidades, pero también la aceptación de que ya no bastaba una eficiencia a escala local para que las ciudades pudieran seguir siendo competitivas en el contexto internacional.

La OCDE enfatiza que las ciudades son el hogar de más de la mitad de la población de los países miembros y más del cincuenta por ciento de la producción y los empleos de muchas naciones se concentran en sus ciudades más grandes. Queda claro que, para la competitividad de las naciones, las ciudades son un elemento fundamental.

Nuestro siglo seguramente será reconocido como el “Siglo de las Ciudades” (Ratcliffe, 2002). Sus productos culturales y económicos opacan incluso a aquellos de los países a los que pertenecen. Mucho se comenta que regiones como la de Barcelona, Kioto y Shanghai han logrado superar la influencia económica y cultural de las capitales de los países que les dan cobijo. Pero estas tendencias no son más que los últimos efectos de fuerzas que han actuado por siglos. Los fenómenos de concentración de la población, tan antiguos como la revolución industrial, han generado ya áreas metropolitanas que desafían cualquier intento de planeación. Simplemente en Estados Unidos, doscientos cuarenta y tres millones de habitantes se concentran en el 3 por ciento urbano del país. En Tokio y sus alrededores viven treinta y seis millones de personas. Y qué decir de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México…

Este fenómeno de concentración tiene su explicación y sus ventajas: en las ciudades se ha logrado una mejora en ingresos, en productividad, en niveles de alfabetización, salud y expectativa de vida que las áreas rurales están lejos de alcanzar. Las ciudades son el motor de la productividad, la innovación y la economía global. Han dado origen a movimientos como el Renacimiento y han sido fundamentales para el progreso de la humanidad.

En nuestra cultura occidental, las crisis mundiales no han acabado con la importancia de las ciudades en estos tiempos post-industriales. Ahora son más prósperas, saludables y atractivas que nunca; contribuyendo también con gran parte del PIB de los países donde se ubican (Glaeser, 2012).

Desde que los romanos difundieron la cultura urbana, se generaron ventajas inigualables para la población de las ciudades. Pero no debemos olvidar que fue hasta nuestro siglo que este se volvió el modo de vida predominante. Ahora, que queda claro que la tendencia no se revertirá y que no se ve en el futuro que la vida rural sea la solución, es que somos conscientes de la importancia de cuidar estos nodos de las redes globales y generar procesos de planeación en las zonas metropolitanas que les permitan mantener una competitividad que trascienda mercados globales y nacionales.

En el proceso de urbanización, muchos efectos han sido observados como consecuencia de esta aspiración de las ciudades de ser competitivas a escala global. No todos ellos han sido ventajosos, pero sin duda deben ser tomados en cuenta por los gobiernos locales si esperan llevar a sus empresas y ciudadanos al siguiente nivel. Algunos de estos efectos son:

  • Desigualdad: Las ciudades enfrentan esta consecuencia de la pobreza urbana. A veces, el desempleo masivo es un efecto de variables macroeconómicas que ni siquiera se explican localmente.
  • Crisis de la Vivienda Urbana: Los fenómenos de ocupación del espacio y renta urbana, característicos de los esquemas monocéntricos, han creado situaciones donde los ciudadanos viven donde pueden, no donde quieren o donde sería más conveniente para la economía local. Los mercados inmobiliarios y la especulación presionan a las poblaciones y a los esquemas de movilidad, creando ineficiencias que afectan la competitividad de los comercios, los servicios  y la industria.
  • Impactos en la educación: El ser competitivos a escala urbana implica tener un sector de la población que puede invertir en la educación como motor de desarrollo. Sin embargo, existen costos ocultos para los ciudadanos menos privilegiados, que involucran aspectos sociales, de movilidad y económicos.
  • Relevancia de actores no públicos: Las ciudades, ante las presiones globales y tal vez también ante la ineficiencia de administraciones locales, han generado liderazgos emergentes en las ONG´s ciudadanas, académicas y profesionales. Estos nuevos protagonistas deben encontrar espacios en procesos participativos de planeación que impulsen políticas explícitamente enfocadas a la competitividad.
  • Disminución de la cohesión social: Desafortunadamente, el crecimiento urbano genera también un cierto grado de egoísmo y aislamiento entre las diferentes zonas de la ciudad; cuando no un conflicto abierto. La segregación espacial es cada vez más frecuente y los efectos inciden sobre los menos beneficiados, que tienen que asumir mayores costos en transporte, educación y servicios (el agua más cara es la que se tiene que surtir en pipas).
  • Descentralización de la responsabilidad de políticas y servicios: Ahora es frecuente que los “cotos” y fraccionamientos asuman la responsabilidad sobre la provisión de servicios normalmente públicos, especialmente de seguridad y comunicaciones. Se han creado también nuevos esquemas para la administración vecinal e incluso la gobernabilidad urbana.
  • Procesos contradictorios de concentración y dispersión: Mientras que algunas ciudades centrales concentran cada vez más población, otras, con un rol secundario, enfrentan las presiones de desarrollo sin preparación técnica suficiente.

Sin embargo, todos estos efectos no desaniman a las poblaciones que siguen encontrando en las ciudades la solución a la pobreza de las zonas rurales. La clave, como siempre, es una planeación en la que la aceptación de la responsabilidad local impulse un liderazgo político responsable.

A fin de cuentas, los expertos en estos temas reconocen que la diversidad hace productiva a la metropoli. Se trata, como señaló Jane Jacobs (1992) de “capitalizar las fortalezas y los recursos de las comunidades que, aún ya teniéndolos, los ha venido negando o desperdiciando”.

El desafío es impulsar, en todos los niveles, la consolidación de “Ciudades Globales”, un concepto de Saskia Sassen que describe a los nodos de un sistema económico global. Ciudades que, habiendo resuelto los problemas de gestión derivados de los fenómenos de metropolización, controlan una cantidad desproporcionada de los negocios globales y participan activamente en eventos internacionales.

Estas ciudades poseen características económicas, políticas, culturales y de infraestructura que son el resultado de años de inversión cuidadosa en temas prioritarios. Son sede de empresas transnacionales, mercados financieros importantes e instituciones culturales, educativas y de medios reconocidas globalmente. Poseen una infraestructura que hace eficiente tanto el transporte público como al privado. Se mencionan con una familiaridad que obvia recordar al país al que pertenecen…

Pero, sobre todo, poseen habitantes que cumplen con su responsabilidad social, ya sea como empresarios, como gobernantes o como miembros de una sociedad civil activa y participativa. A fin de cuentas, en nuestro contexto, la lucha no está perdida; ni por las presiones económicas actuales ni por el rezago en la gestión urbana que ahora es dolorosamente obvio. Debemos recordar que las fuerzas que afectan el crecimiento metropolitano NO se determinan a nivel global… Dependen de cada uno de nosotros y nuestro compromiso como ciudadanos.

* El  Arq. Alfredo Ambriz Tapia es Master en Planeación Urbana por la Universidad de Michigan, Coordinador del Consejo Interuniversitario de la Industria de la Construcción y Director de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

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